En Tambouasha, a unos 4000 metros sobre nivel del mar, hace frío y es húmedo, los pocos momentos de sol se alternan con más o menos fuertes períodos de lluvia. Por estos factores la comunidad está produciendo bloques con una prensa hidráulica, la cual permite usar una mezcla de adobe más seca, es un proceso más lento que requiere más conocimiento técnico que la forma tradicional de hacer adobe.  
Kurt Rhyner   

Desde la ciudad de Riobamba vamos subiendo por una carretera cada vez más difícil e inclinada hasta llegar a la comunidad de Tambohuasha, situada a casi cuatro mil metros de altura. Las primeras casas que vemos están aún a medio terminar, pero luego encontramos a un grupo de mujeres y hombres produciendo adobes y construyendo muros.

El clima, frío y húmedo, impide producir los adobes manualmente y dejarlos secar al sol. Las pocas horas de un sol tímido se alternan con lloviznas y lluvias casi constantes, por lo cual se prestó a la comunidad una prensa hidráulica que permite hacer los adobes con un barro más seco. Pero este proceso es más lento y exige más conocimientos técnicos que el método convencional, y son estos detalles los que han contribuido a cierto atraso en las tareas, combinados con lluvias más abundantes que lo acostumbrado.

Las casas son amplias y el diseño de acuerdo con las tradiciones; el techo de tejas de micro concreto es a cuatro aguas. Veintisiete familias están construyendo o mejorando su vivienda, y trabajan organizadamente de acuerdo con un plan elaborado por ellos mismos. Parece una comunidad activa, ya que en ese mismo momento también había una tubería de agua potable almacenada cerca. Estos tubos ahora son motivo de grandes discusiones, ya que el Gobierno ha entregado esta donación, sin previo aviso, y ahora les exige que hagan inmediatamente el zanjeo y la instalación primaria. Ellos han peleado durante años por este servicio, pero les llegó en el peor momento, pues están en medio de la construcción de viviendas.

Al final de la discusión se decide delegar una brigada de trabajo a lo del agua, y continuar con las viviendas a un ritmo más lento.

Una revolución en la cocina

En una casa terminada, encontramos a dos mujeres cocinando el almuerzo para los trabajadores. Pero aquí se ha dado una verdadera revolución en la cocina: Ya no tienen el fuego abierto en el suelo, el cuarto ya no está saturado de humo que molesta en los ojos, y en cambio, se siente un calor seco y agradable. Ellas ya poseen la nueva estufa metálica producida como parte de un proyecto para el cual se ha logrado un financiamiento en Europa. Son estufas al estilo de los Alpes, que mantienen el fuego adentro, pero emanan calor hacia todos lados. Una de las dos cocineras nos dice que la casa nueva es bonita, pero la estufa es la pieza principal: “se pueden llevar la casa, pero me dejan la cocina”, dice.

El almuerzo consiste en un caldo de papas con cuy. Resulta raro para nosotros comer cuy (Cavia porcellus, un animalito conocido como mascota en muchos lugares). Pero en los Andes es una carne apetecida y de hecho, muy nutritiva. El mismo proyecto estimula la cría de cuyes por medio de un mecanismo interesante: las familias que construyen o reconstruyen sus viviendas pueden recuperar algún material del techo de su antigua vivienda y probablemente también puertas y otras piezas. Con estos ellos construyen una cuyera, que no es nada más que un pequeño edificio de tierra con techo y divisiones internas. El proyecto les presta una cantidad de cuyes de raza para comenzar un hato productivo y les proporciona cursos para lograr un manejo económicamente sustentable. Al mismo tiempo, se está organizando, en conjunto con otra institución, un sistema de mercadeo donde las mujeres productoras de cuyes pueden lograr precios estables todo el año.

El círculo se cierra cuando las familias, quizás con las utilidades de los cuyes, pueden pagar las cuotas para sus casas al fondo rotatorio.... lo cual permitirá construir más viviendas.